El hormiguero

Comunidad de estudiantes y profesores de lengua y literatura

Un disparador para debatir una de tantas acciones trágicas de la dictadura: eso que Francisco Romero llama el culturicidio, la aniquilación cultural que complementa la aniquilación física, y que destruye la conciencia de un pueblo.

Centro Editor de América Latina: Libros que ardieron durante días

"Más libros para más" era la consigna del Centro Editor de América Latina, Ceal, el sello fundado por Boris Spivacow que repartió cantidad y calidad a través de colecciones memorables como Capítulo, Historia del movimiento obrero, Biblioteca Política Argentina, La historia popular, Cuentos del Chiribitil, Siglomundo, Nueva Enciclopedia del Mundo Joven y Transformaciones, entre centenares de entregas en fascículos o volúmenes económicos.

"El 30 de agosto de 1980 la policía bonaerense quemó en un baldío de Sarandí un millón y medio de ejemplares del sello, retirados de los depósitos por orden del juez federal de La Plata Héctor Gustavo de la Serna. Fueron llevados a la fuerza dos testigos para que presenciaran y fotografiaran la pira. El objetivo era demostrar que nadie se robaba libros. Para qué andar con rodeos: lisa y llanamente se prendía fuego.

"Boris Spivacow salvó por milagro su vida. Pero el Ceal nunca pudo reponerse de los golpes del Golpe."

"Al principio tuvimos mucho miedo; yo, cada vez que me iba para el Ceal, le decía a mi vecina de arriba que si a determinada hora no volvía se llevara a mis tres hijos a la casa de mi mamá. Pero, a la vez, nos acostumbramos a trabajar en ese contexto de terror. El escritorio donde yo me sentaba —por ejemplo— tenía un agujero, que fue dejado por el impacto de una de las bombas que tiraron a la editorial, y yo apoyaba los papeles al lado. De repente llamaban de un depósito, nos avisaban que había habido un allanamiento y que venían para la redacción. Nosotros nos preparábamos, tirábamos carpetas, escondíamos agendas en el jardín, incinerábamos papeles. Les decíamos a los vecinos que íbamos a hacer un asado y quemábamos papeles en la bañera, que quedaba negra del humo."

"También las bañeras de nuestras casas estaban negras. Yo rompí y quemé muchos libros, y fue una de las cosas de las que nunca me pude recuperar. Lo hacía y lloraba porque no quería que mis hijos me vieran, porque no quería que lo contaran en la escuela, porque no quería que supieran que su madre era capaz de romper libros... Porque sentía mucha vergüenza."

"Los libros del depósito de Sarandí ardieron durante tres días, algunos habían estado apilados y se habían humedecido, así que no prendían bien. La colección que yo dirigía, Nueva Enciclopedia del Mundo Joven (1), fue quemada íntegra. Me acuerdo de que en uno de los fascículos, de historia del feudalismo, había un príncipe que no se terminaba de quemar. El pobrecito era un príncipe medio afeminado y lleno de flores que se resistía a la hoguera."

"Simultáneamente, pasaban cosas tragicómicas. Una vez, por ejemplo, llaman de un depósito y dicen: —Viene la policía —y cortan. Y nosotros empezamos toda la movida. Al rato, vuelve a sonar el teléfono y nos avisan que en realidad era un agente que había ido a comprar un libro de Alfonsina Storni. Nosotros nos habíamos imaginado cualquier cosa, pero el pobre tipo necesitaba unos poemas para que la hija llevara a la escuela.

"Más allá de lo que ocurría, nosotros siempre organizábamos fiestas. Festejábamos las fiestas patrias con chocolate, con torta, con carpetitas, tazas, cucharitas... todo. Era nuestro modo de mantener la dignidad, a pesar de los embates."


Graciela Cabal, escritora

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Respuestas a esta discusión

Es espeluznante la forma en que se vivía durante los años setenta: el hecho de tener que mentir a los vecinos y decir que se está haciendo un asado para no ser denunciados, el entierro de libros y, sobre todo, el silenciamiento intelectual y cultural que hoy tiene sus secuelas en la sociedad argentina.
Sinceramente, no me puedo imaginar lo duro que habrá sido para una persona quemar sus libros, romperlos, saber que quizás no llegará a su casa.
Creo que hoy, la lucha es otra, y a la vez, la misma, porque las secuelas que dejó el golpe en la cultura se viven hoy en la falta de libros en las bibliotecas y en las escuelas, los escasos niveles de lectura, etc.
Sigamos luchando desde el lugar de docentes por la democratización de la cultura, por el libre acceso a los bienes culturales, por una educación de calidad para todos nuestros alumnos.

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No habrá sido una experiencia gratificante. Tuve la oportunidad de escuchar a una docente de Historia nombrar uno por uno los libros que quemó en el patio de su casa.

Mi abuelo tuvo el buen tino de ocultar los suyos en las paredes huecas de un horno de barro. Pasó la dictadura sin comer torta asada (y en la clandestinidad, luego, cuando lo de los libros era comparativamente un crimen menor) pero por suerte sobrevivieron Marx, Engels, Sorel, Walsh, García Márquez y Roa Bastos, algo ajados, pero dignos.

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